Su nombre era Gaspar, era el más sabio de la comunidad. Tenía la
respuesta para todas las dudas e inquietudes que había en la aldea. Nunca se
quedaba sin respuestas, sin justificativos y sin aldeanos que le pregunten y
repregunten.
Ante cualquier duda, el pueblo se acercaba a preguntarle. Si se perdía una
cosecha recurrían a él, si moría un animal recurrían él, para cualquier problema
que surgiera iban hacía él en busca de una respuesta en vez de solucionarlo por
sí mismos.
Un día, Gaspar, decidió partir a otras Tierras con alguien que lo vino a
buscar. ¿Alguien lo vino a buscar? Sí,
era su hora, era el momento de morir.
La aldea estaba desesperada tratando de ver qué iban a hacer sin el anciano más
sabio; ¿A quién le iban a preguntar…?
Era el día y la hora. Gaspar estaba a punto de marchar y todo el pueblo
recurrió a su hogar. Algunos lloraban,
otros se preocupaban y algunos rezaban. En los minutos finales un joven aldeano
se acercó al anciano moribundo y le
pregunto:- “Gaspar, ¿Por qué nos dejas? ¿Por qué debes morir? y el anciano contestó:- “No lo sé, no lo sé”. Los aldeanos se sorprendieron al no escuchar
una respuesta concreta.
Ante de irse Gaspar dijo:- “Pasé días,
meses y años en esta aldea, no soy el que más sabe por estudiar o porque nací
con este don, se más por los años que tengo. No tienen que recurrir a mí, tienen
que recurrir a ustedes y solucionar sus problemas, no hay que depender de
alguien que sabe, sino que hay que
consultarle para solucionar nuestras inquietudes”. Esas fueron las últimas
palabras del viejo.
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